Historias para no dormir

El alumnado de ATU de 3º ESO de nuestro centro ha elaborado diferentes historias de miedo y misterio para celebrar la festividad de Halloween de este año. Aquí hay una pequeña selección de todas las que se escribieron y diversas fotos para ilustrar su contenido. ¡Recomendamos no leerlas con la luz apagada!

ATU 3º ESO, IES La Laboral de La Laguna

Horresco referens

Corrí por toda la ciudad hasta llegar a las afueras. No podía cerrar los ojos porque veía la bala atravesar su cabeza. Cada paso me costaba más, me faltaba el aire y no podía parar de gritar. Sentí que me iba a morir al ver el árbol en el que pasábamos tardes hablando. No podía más. Caí al suelo mientras sollozaba. Pasé ahí el resto del día y, con la caída del sol, decidí que era momento de volver a casa.

Cuando levanté la mirada, vi la sombra de Sally. Al principio pensé que eran alucinaciones, pero esa sombra me llamaba y tenía el deber de seguirla. Me sentía hechizado con los movimientos de Sally. Era como si ella estuviera ahí realmente. Veía cómo su pelo seguía la dirección del viento. Después de seguirla durante un rato, me di cuenta de que estaba en un lugar que no había visto jamás.

Empecé a escuchar gritos, risas y aullidos. Me percaté de que había una persona montada en una roca. Detrás de ella un coro cantaba en latín. Me miraron mientras, con pasos firmes, se acercaban a mí. Yo intenté salir corriendo, como había hecho al presenciar la muerte de Sally, pero no pude. Sentía que algo me retenía. 

Entonces, los miembros más importantes del grupo, dirigidos por su líder, me levantaron y me llevaron hasta él como si mi cuerpo fuera un ataúd. Cuando lo tuve frente a frente, examiné su rostro. En sus ojos podía ver la muerte. Brillaban con sed de sangre.

Sus súbditos me rodearon, comenzaron a dar fuertes pisadas y retomaron sus cánticos en latín. Supe que mi hora había llegado. El líder sacó una daga de su túnica, la empuñó y la clavó con fuerza en medio de mi pecho. Aún seguía con vida y vi cómo me abría en canal con la daga. Lo último que recuerdo es que cogió mi corazón dispuesto a comérselo.

Ahora solo hay vacío y oscuridad.


Sonrisas

No me gustaba estar con gente. Por eso vivía a las afueras de la ciudad, en una casa pequeña y oscura en medio del bosque junto a mi perro, Sonrisas. Aquella noche mi perro estaba extraño, no se comportaba como lo hacía normalmente. No comía y le ladraba a gritos a los sillones. No le di demasiada importancia, porque en las noche más oscuras y de luna nueva se ponía nervioso. 

A medianoche escuché unos pasos y un crujido alrededor de la casa. Nerviosa y atemorizada, cogí el bate que escondía debajo de mi cama para situaciones como aquella. Salí afuera, donde una intensa niebla me impedía ver más allá de mi nariz. Escuché un grito y empecé a correr, adentrándome en el bosque. 

Una vez calmada, me di cuenta de que estaba perdida, confundida y agotada. Caí rendida al suelo y me desmayé. Al despertar, descubrí que estaba en un antiguo cementerio y un grupo de sombras me rodeaba. Tenían unos ojos brillantes y no podía parar de mirarlas: me sentía hechizada. Entre las sombras una silueta se me hizo familiar. Era mi perro, Sonrisas, que avanzaba hacia mí lentamente. Intenté que parara, pero no me obedecía. A  mi mente vinieron entonces los días en que lo había maltratado por puro aburrimiento. Para cuando empecé a correr, ya era demasiado tarde. 


El veterano

Esto era lo malo de entrar en un nuevo instituto: las novatadas. Me habían retado a ir al bosque que estaba detrás del cementerio, solo y a medianoche. ¿Cómo no iba a ir? Me tomarían por una nenaza. El bosque estaba oscuro y lleno de niebla. Cuando me adentré entre las lápidas, empecé a escuchar pasos y algún grito ahogado. Supuse que eran mis compañeros intentando asustarme. Tampoco me atreví a mirar atrás. Pensé que era presa del miedo cuando empecé a ver sombras corriendo a mi alrededor. Me quedé inmovilizado, casi hechizado. La tierra empezó a agrietarse y caí en un agujero profundo. Era una tumba con mi nombre, pero yo no había muerto. Entonces supe que me estaba ahogando bajo tierra. Nunca supe si mis compañeros veteranos se dieron cuenta. Desde entonces soy yo quien entierra a los novatos. 

Dónde está Damián

Era una oscura noche de otoño. Un 31 de octubre, para ser exactos. Damian caminaba solo por el pequeño bosque que cruzaba cada día de regreso a casa. No había ni un sonido. El bosque parecía hechizado. Tan solo se oían sus pasos, avanzando entre la espesa niebla. 

El silencio era abrumador. Tanto, que Damian pensaba que habría sido mejor escuchar gritos, porque al menos habrían sido señales de vida.  Pero ese silencio olía a muerte. Las sombras de los árboles parecían almas suplicando un perdón. Demian sintió entonces un soplo de aliento gélido en su nuca. El terror erizó hasta el último milímetro de su cuerpo y lo paralizó. Con un último esfuerzo quiso darse la vuelta para saber quién iba detrás de él. 

Nunca encontraron a Damian.  

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