La ética en el arte: picasso y sus mujeres

Marta Batista García, IES La Laboral

¿Puede el fin justificar los medios en el Arte?, ¿se puede separar al artista de la persona?

Estas y otras cuestiones se analizaron a partir de comentarios críticos realizados por el alumnado de 2º de Bachillerato de Artes en la materia de Fundamentos del Arte  desde  el visionado del documental “Picasso y sus mujeres” dirigido por  Manuel Palacios.

El conocimiento ayuda a ampliar la visión, desmitificar y contemplar el arte con todos sus matices y complejidades.

Marta Lucía Batista García

La pincelada más certera descompone la belleza pintada por una mano despiadada, escondida tras el genio de las doce caras. Destruye la noche a su paso, desconcierta la mirada más pura y solo entonces, la corrompe; sumisa, prendada bajo unos ojos de luna llena que como eclipse difumina la esencia de las personas que se atreven a sentir a su lado. Más tarde, la luz se desvanece, desaparece por el que fue uno de los artistas más importantes del arte contemporáneo: Pablo Picasso. 

La historia del arte ha perpetuado incansablemente la justificación de los artistas ante la imagen endiosada de un genio que en su vida personal era una persona terrorífica. La epistemología feminista apuesta por vincular el hombre a su obra. No es posible tecnificar el arte, que al fin y al cabo, es tan sumamente subjetivo por su alcance emocional. Picasso supone un avance formal en el arte, un endemoniado valor únicamente racional frente a la representación cubista de una realidad múltiple, pero siempre trasladada desde una mente escalofriante y vacía de empatía. ¿Cómo el Guernica puede representar alegóricamente un dolor tan profundo como el de una Guerra Civil tan desgarradora, si lo pinta un artista sin sensibilidad alguna? La respuesta es rotunda, no lo hace. Picasso escenifica el dolor para, de esta forma, transformarlo en un símbolo reconocible al ojo del que lo aprecia; pero después de profundizar en el recurrente maltrato tanto psicológico y físico que ejercía a las mujeres con las que compartía su vida, no podemos percibir ni compartir que su representación de la pena y el dolor sea pura y veraz, simplemente es una recreación con fines únicamente estéticos y en este caso, económicos. 

La mujer que llora no es más que un frívolo retrato de una fémina que sufre violencia de género desde la perspectiva del maltratador. Dora Maar, la mujer eternamente sumergida en un mar de lágrimas, nunca sufre por su debilidad, sino por la violencia continuada llevada a cabo por Picasso, que consumía cada rincón de su vitalidad apagada por su llanto. Se trata de un acto despreciable. Nutrirse del sufrimiento ajeno para alimentar su proyecto personal es el reflejo indolente de un criminal, con un talento desbordante para razonar, pero nunca para emocionar: el arte remueve las células que carcomen lo que somos, nos identificamos, nos convertimos en la imagen, sufrimos o simplemente desbordamos la emoción del autor compartiendo la nuestra; Picasso insensibiliza el dolor más profundo y donde no hay emoción el arte no tiene cabida, por ello es incompatible su reconocimiento, ya que no busca en su interior, sino que recoge las piezas de la realidad que ha destruido él mismo para así crearla a su gusto y plasmarla en su traslúcida producción artística. 

Asimismo, este proceso creativo lo llevaba a su concepto más personal, destruía a las mujeres que le rodeaban para obtener de ellas la afectividad dependiente que alimentaba su ego: un vampiro emocional que carcome la ilusión de sus amantes. En el documental se justifica de nuevo su posición: era un machista empedernido fruto del patriarcado que sigue disculpando sus conductas misóginas. Francisco Calvo Serraller sentencia “quién dice que no maltratamos lo que amamos”, pero es que el amor purifica no destruye; acompaña, no abarca toda una vida. No existe sensación más dolorosa que la de sentirte dependiente, culpable, frágil, desnutrida de ti misma, vacía… Esas mujeres no eran débiles, habían sido devastadas por un hombre que disfrutaba de la humillación para así sentir que forman parte del ser miserable que fue. Sin ellas, él sería una sombra. Ellas se construyeron en su discurso, ellas implementaron la poca verdad que se encuentra en la obra de Picasso: ellas eran la inspiración, sin inspiración no hay obra y este artista no tenía la capacidad de crear por sí mismo, pintaba a costa de la estabilidad emocional de sus parejas. “Las mujeres de Picasso”, son “de Picasso” porque él las arrastró a sentirse así, de su propiedad. Muchas de ellas terminaron con problemas psicológicos y otras, incluso, acabaron con su vida y eso no es una mera casualidad, es una realidad. Dejemos de mentirnos, la sociedad, el mundo entero debe saber que la figura de Picasso fue lo que fue, gracias a las mujeres que lo rodearon. 

La protección y el endiosamiento de estas figuras son estrictamente productos del machismo, desintegran figuras femeninas en el arte y enaltecen figuras masculinas pese a su espíritu antihumano. Por lo tanto, los críticos que hablan de debilidad, culpabilizan a unas mujeres eternamente devastadas, eternizan este sistema patriarcal que criminaliza a la víctima.

Es un hecho que Picasso presenta una importancia formal artística, pero la verdad en su obra brilla por su ausencia. Reconstruye realidades ajenas a su ser, humilla el sufrimiento, se aleja de la penuria para encontrar la perfección y la representa culminando en el cubismo: todas son realidades plasmadas en un solo instante, en las que no aparece nunca la esencia de la verdad poética y emocional. Picasso es un grandísimo productor, pero no un grandísimo conmovedor: técnico, no artista innato y puro. 

El arte contemporáneo no escapa de esta temible realidad. Dancer in the dark es un drama musical simplemente espectacular, hasta que de repente se conoce la historia de una de sus actrices. La maravillosa Björkesta publica en sus redes sociales este desgarrador mensaje:

“Gracias a las mujeres de todo el mundo que están alzando sus voces, me siento alentada a contar mi experiencia con un director danés. Dado que vengo de uno de los países que está más cerca de la igualdad entre sexos, y me encontraba en un momento donde tenía una posición de fuerza en el mundo de la música gracias a una independencia duramente conquistada; fue extremadamente duro adentrarme en la profesión de actriz ya que recibí una injusta humillación: pasé a convertirme en un ser sexualmente inferior. Además, el acoso que sufrí por parte del director fue permitido por un equipo de docenas de personas que lo alentaban. Tomé consciencia de la universalidad del hecho de que un director puede tocar y acosar a sus actrices a capricho, y de que la institución cinematográfica lo permite.”

Una mujer completamente humillada que sufrió abuso sexual por parte de Lars Von Trier, el director del filme en el que paticipó. Realmente disfrutamos del producto artístico hasta que entendemos la desgarradora vivencia que este esconde, en ese momento se desvanece el valor intrínseco que esta obra de arte tenía. ¿Es objetivo decirlo?, obviamente, no; pero el arte en sí mismo nunca lo ha sido, por lo tanto, la mirada tampoco puede serlo. No es posible disfrutar del fruto de una relación desigual laboralmente, porque esa actriz sufrirá un trauma y secuelas psicológicas en un futuro que marcarán su vida para siempre; es inevitable relacionarlo porque la empatía nos lleva a ello. Se trata de mirarlo de forma crítica, y solo así  entenderás el desvió emocional y las carencias de la propia película, porque un maltratador no puede de repente hacer sentir y deslumbrar con su creación artística, porque está cimentada en un corazón de alquitrán cuyo trasfondo es una mentira, una ilusión. 

Es necesario reconstruir una realidad donde los valores y la integridad humanos sean esenciales, porque donde no hay verdad pura, no existe un brillo artístico revolucionario. Son imprescindibles la conciencia social, la emotividad y la experiencia artística como fórmulas de respeto a los seres humanos. Hay que desvincular de la creatividad el modelo capitalista que perpetúa el machismo como llave de su puerta sin salida, porque fabrica hombres enmascarados a medida del sistema que justifica su poder. La valoración excesiva de la obra de estos hombres deja atrás lo más importante: la verdad pura, la sustancia humana y la emoción. Hay que luchar por reconstruir una realidad pintada de verdaderos colores vibrantes, nunca una gama aparente que enaltece el ego. Pintemos de una vez, todos, los trazos que nos unan como sociedad constructiva y nunca permitir pinceladas que destruyan la dignidad de los seres.

 Fernandé Olivier                                                                 Eva Gouel

Olga Khokhlova                                                Marie Therese Walter

Dora Maar

Francois Gilot                                                        Jacqueline Roque

Olga Khokhlova sufrió graves problemas psiquiátricos. Nunca superó la soledad por la traición de Picasso  al que escribió a diario hasta el fin de sus días.

Marie Therese Walter se ahorcó en el garaje de su casa en Antibes en 1977. Después de morir Picasso quería seguir cuidándolo.

Dora Maar después de ser abandonada inició un descenso a los infiernos en una dolorosa caída durante la que recaló en hospitales psiquiátricos, con aplicación de electroshocks incluido, hasta terminar refugiada en la religión en su apartamento parisino, alejada y apartada del mundo. “Después de Picasso, solo Dios”

Jacqueline Roque se pegó un tiro en 1986 porque para ella era imposible vivir sin Picasso.

Pablo Picasso (hijo de Olga) alcoholizado y arruinado trabajaba de chofer de su padre aguantando continuas humillaciones. Falleció a los 54 años «engañado, decepcionado, envilecido, destruido» por su padre, «su verdugo»

Pablito, nieto de Picasso e hijo de Pablo, fue rechazado y abandonado junto con su hermana Marina por su abuelo y sufrió de continuas depresiones. Después del funeral por la muerte de Picasso se bebió una botella de lejía que le quemó el tracto digestivo y le provocó la muerte después de una intensa agonía. “fue un juguete del sadismo y la indiferencia de Picasso.

Marina nieta de Picasso, sobrevivió, pero le costó superar el «síndrome Picasso»: sufrió anorexia, fue internada en el Instituto Pasteur, se sometió durante catorce años a interminables psicoanálisis.

¿Tienen derecho los creadores a devorar a los que se acercan a ellos? ¿Merece su obra tantos sacrificios?, se pregunta la nieta de Picasso. «Sus víctimas tenían que ser inmoladas en aras de su arte; aquel genio necesitaba sangre para firmar cada uno de sus lienzos». «Sometidas a su sexualidad animal, las domaba, las hechizaba, las aspiraba, las aplastaba en sus lienzos. Cuando ya, después de noches y noches, les había sacado su quintaesencia, las abandonaba exangües»

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